El Padre: Fuente Inagotable de Amor y Esperanza
En un mundo que a veces parece perder el rumbo, donde los corazones se quiebran por el peso de la soledad, el dolor o la incertidumbre, existe una presencia constante, invisible pero real, silenciosa pero poderosa: nuestro Padre celestial. Hablar de Él es entrar en el misterio más tierno y glorioso que existe; es contemplar la grandeza del amor perfecto, la fidelidad sin medida y la compasión que no conoce límites.
Desde el primer aliento que dimos, el Padre
ya nos conocía. Nos formó con delicadeza en el vientre materno, escribiendo
cada detalle de nuestra existencia con Su dedo divino. No somos fruto del azar,
ni hijos del abandono: somos obra maestra de un Creador que nos soñó con
amor eterno.
El Padre
que siempre está
A diferencia de todo lo que cambia, de todo lo
que se va, de todo lo que falla... el Padre permanece. Él es refugio en
la tormenta, luz en medio de la oscuridad y paz en medio del caos. Aunque todos
se aparten, aunque las voces humanas callen, Su voz sigue susurrando a
nuestro espíritu: “No temas, Yo estoy contigo”.
No hay lágrima que Él no vea, ni suspiro que
no escuche. Cada oración que nace de lo profundo del alma sube como incienso
ante Su trono. A veces responde con milagros visibles, otras veces con una
fuerza interior inexplicable. Pero siempre responde. Siempre está.
Un Padre
paciente, lleno de misericordia
Cuántas veces erramos el camino, y aun así Él
nos espera con los brazos abiertos. Como el padre del hijo pródigo, no nos
echa en cara nuestras caídas, sino que corre hacia nosotros para vestirnos
de gracia y darnos un nuevo comienzo. No hay pasado que pueda detener Su amor,
ni pecado que Su sangre no pueda limpiar.
Él no nos ama por lo que hacemos, sino
simplemente porque somos Sus hijos. Su amor no es una recompensa, es un
regalo. Su misericordia no tiene fecha de vencimiento. Cada día es una nueva
oportunidad para comenzar otra vez, sostenidos por Su fidelidad inquebrantable.
Un Padre
sabio y justo
El Padre no es solo tierno, también es sabio.
Sabe cuándo decir “sí” y cuándo decir “espera”. Sabe cuándo guiarnos con
dulzura, y cuándo disciplinarnos con amor. Sus caminos muchas veces no los
entendemos, pero en retrospectiva descubrimos que todo lo permitió con un
propósito eterno. Porque Sus planes siempre son mejores que los nuestros.
En un mundo lleno de injusticia, Él es el
único Juez perfecto. No se deja influenciar por apariencias ni por palabras
vacías. Él conoce las intenciones del corazón, y siempre obrará con
equidad. Aunque la justicia humana falle, la justicia de Dios nunca se
retrasa ni se equivoca.
Un Padre
proveedor
Cuando faltan fuerzas, Él las renueva. Cuando
escasea el pan, Él lo multiplica. Cuando se cierran puertas, Él abre ventanas
en el cielo. Su provisión es abundante y llega justo a tiempo. Nunca nos
dejará mendigar afecto, ni mendigar esperanza. Él se deleita en suplir nuestras
necesidades y aun nuestros sueños, cuando están alineados con Su voluntad.
Cada bendición que disfrutamos, desde lo más
simple hasta lo más grande, es un reflejo de Su bondad. Él viste a los
lirios con hermosura, alimenta a los gorriones... ¡Cuánto más cuidará de
nosotros, que somos Su especial tesoro!
Un Padre
eterno
Los padres terrenales, aunque intenten dar lo
mejor, son imperfectos y finitos. Pero nuestro Padre celestial no cambia ni
se agota. Él fue, es y será por los siglos. Su amor no conoce fin, Su
presencia no tiene límites, Su poder no tiene rival. Es un Padre presente en
cada etapa de la vida: en la infancia, en la juventud, en la madurez y aun en
la vejez. Nunca nos suelta de Su mano.
Cuando todo lo demás se desvanezca, Él seguirá
siendo nuestro refugio. Y cuando nuestra historia terrenal llegue a su fin, nos
llevará a Su presencia, donde ya no habrá lágrimas, ni muerte, ni dolor.
Hablar del Padre es quedarse corto en
palabras. Es intentar encerrar el océano en un vaso, o describir el sol con
solo una vela. Él es más grande que nuestro entendimiento, pero al mismo
tiempo más cercano que nuestro propio aliento.
Hoy te invito a acercarte a Él. No importa
cómo haya sido tu pasado, ni cuán lejos sientas que estás. Él sigue siendo
tu Padre, y te espera con amor eterno. No hay lugar más seguro que Su
abrazo, ni esperanza más firme que Su promesa.
Y cada vez que sientas que el mundo se
desmorona, recuerda: tienes un Padre que reina desde los cielos, pero que
habita también en tu corazón. Él es tu fuerza, tu paz, tu todo.

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