Reflexión: El abrazo que siempre espera


La parábola del hijo pródigo no es solo la historia de un joven rebelde, sino el retrato de un Padre cuyo amor no se apaga, aunque el hijo se aleje. Es un recordatorio de que, no importa cuán lejos nos hayamos ido, siempre hay un camino de regreso.

El hijo menor pidió su herencia y se fue, buscando libertad sin reglas, sin autoridad. Pero lo que encontró fue hambre, soledad y vacío. Así nos pasa cuando queremos vivir lejos de Dios: lo que al principio parece libertad se convierte en esclavitud.

Pero cuando el hijo volvió en sí y decidió regresar, no encontró reproches, ni castigos, ni puertas cerradas. Encontró un Padre que corrió hacia él, lo abrazó y lo restauró. ¡Qué imagen tan poderosa del amor de nuestro Dios! Él no solo perdona… Él celebra nuestro regreso.

Y también hay un mensaje para los que, como el hermano mayor, permanecen en casa, pero con un corazón endurecido. A veces estamos cerca físicamente, pero lejos en el corazón, juzgando en vez de amar, reclamando en vez de compadecernos.

Hoy Dios nos invita a reflexionar:
¿Estoy huyendo como el hijo menor? ¿Me he alejado del corazón del Padre?
¿O soy como el hijo mayor, sirviendo pero sin amor, juzgando en vez de perdonar?

Sea cual sea nuestro estado, la invitación sigue en pie: volver al Padre. Él espera con los brazos abiertos, no para juzgarnos, sino para restaurarnos. Su gracia no depende de nuestros méritos, sino de su amor inagotable.

Vuelve hoy. Siempre hay fiesta en el cielo cuando un corazón regresa a casa.

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