"Cuando la envidia se sienta en el corazón"
"Cruel es la ira, e impetuoso el furor;
Mas ¿quién podrá sostenerse delante de la envidia?"
(Proverbios 27:4)
La Biblia no exagera cuando dice que la envidia es más peligrosa que la ira o el furor. Mientras el enojo explota y luego se desvanece, la envidia se esconde, crece en silencio y va envenenando el alma.
La envidia no solo desea lo que el otro tiene, sino que se entristece por los triunfos ajenos y hasta se alegra con sus caídas. Por eso es tan destructiva: divide familias, enfría amistades y hasta puede empujar al pecado más grave.
¿Recuerdas a Caín? Su envidia hacia Abel lo llevó al primer asesinato registrado en la Biblia. ¿Y los hermanos de José? Vendieron a su propio hermano por celos. La envidia no es un pecado pequeño: es una raíz que, si no se arranca, puede dar frutos mortales.
Pero hay esperanza. El amor de Cristo puede arrancar esa raíz del corazón. Cuando aprendemos a celebrar las bendiciones de otros y a confiar en los tiempos de Dios para nosotros, la envidia pierde fuerza. Solo el amor verdadero, ese que no tiene envidia (1 Corintios 13:4), puede sanar lo que la envidia ha intentado destruir.
Hoy, pídele al Señor que limpie tu corazón.
Que te enseñe a gozar con los que gozan y a confiar en que lo que Él tiene para ti… ¡es perfecto y llegará a su tiempo!

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