Lo que vale la pena no crece de prisa. Se fortalece en silencio,
Un joven frustrado le preguntó a su abuelo:
—¿Por qué todo lo bueno en la vida tarda tanto?
El anciano sonrió, lo llevó al jardín y le mostró dos plantas. Una crecía rápido, pero era débil. La otra apenas asomaba, pero su raíz era profunda.
Y concluyó:
Lo que vale la pena no crece de prisa.
Se fortalece en silencio, se arraiga con paciencia… y cuando florece, permanece.

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