FELIZ NAVIDAD...

 


Esta es la frase que todos tenemos a flor de labios en los días de Navidad. Se la decimos a la madre, al padre, a los hermanos, a los hijos, a los Maestros,  a los compañeros de escuela y de trabajo, a los vecinos y a nuestros hermanos en la fe. La leemos en las lindas y variadas tarjetas de felicitación, en los periódicos y en toda la propaganda comercial. La vemos en la pantalla de nuestros receptores de televisión, la escuchamos a través de la radio. “Feliz navidad” es la nota melódica que rubrica nuestras actividades y nuestras relaciones en esta hermosa época navideña.

Pero, ¿Nos detenemos a pensar en el significado de lo que decimos? ¿Y lo estamos sintiendo de corazón? Es muy fácil caer en la rutina, dejarse llevar por la corriente tradicionalista, servirse tan solo de la frase diplomática. Debemos considerar primeramente si la persona que dice esto es realmente feliz. Porque si uno no es feliz, ¿Cómo puede desear la felicidad a otro? La segunda es que la persona con quien hablamos tenga una feliz navidad. Pero no puede haber Navidad si Cristo no mora en el corazón. Algunos creen que porque tienen vestidos, juguetes y comida ya son felices. Lo cierto es que aparte de Cristo, desligados del Salvador, nadie puede ser feliz. Muchos conocen la historia de Cristo, pero no conocen al Cristo de la historia. Celebran el nacimiento de Uno que todavía no ha nacido en ellos.

Que pasen los magos,  los pastores,  los ángeles y la estrella; que pasen el pesebre, los juguetes y los paseos. Pero que nos quede Cristo: no el niño sino el Hombre Jesús, el perfecto Hombre, ya no en el pesebre sino en nuestro corazón. Si es así, entonces podremos decir “Feliz Navidad”.

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