Un Dios perdonador






Hay días en que nos sentimos tan indignas del amor de Dios, quizás porque estamos conscientes de que hemos fallado o hemos pecado en algo concreto, y sentimos vergüenza.
En nuestra mente la palabra "culpa" se va acrecentando y llegamos a pensar que no somos dignas de presentarnos ante Dios, creemos que nos rechazará y nos señalará con su poderoso dedo. Esas palabras que resuenan en nuestra mente no son más que mentiras, pensamientos engañosos que el enemigo nos dice con el fin de que poco a poco vayamos alejándonos de Dios, y finalmente entregarnos a una vida de perdición.
En el salmo 51 vemos a David atravesando un momento donde había pecado y en su corazón sabía que le había fallado a Dios. Es un aliciente poder leer de qué manera el salmista nos recuerda que tenemos un Dios compasivo, bondadoso y tierno, que perdona nuestras rebeliones.
David se presenta ante Dios reconociendo que es malo, reconociendo que ha pecado y que necesita ser limpio, no llega justificándose, sino que reconoce su pecado, y le pide a Dios que lo renueve y no aparte su Santo Espíritu de él.
Como humanas fallamos, y como mujeres tendemos a señalarnos a nosotras mismas y culparnos, pero a nuestro lado está el Amado, quien es fiel, y aunque es el único que puede juzgarnos, no lo hace, sino que extiende sus brazos, nos perdona, nos limpia y nos agarra fuerte de la mano para que sigamos.
Si sientes que has fallado no te condenes, acércate a Dios, Él es fiel.
Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis maldades. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu Santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente", (Salmos 51: 9-12 RVR 1960)

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